Page 8 - Revista Ministerio Público (Edición Especial - Bolívar)
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Simón Rodríguez, aunado a los cuidados de la Ne- Sólo con mis delirios de grandeza junto a usted
gra Hipólita. Como hombre y como militar tuvo mu- me consuelo.
chos amigos y conocidos, pero nadie como el Ma-
riscal Antonio José de Sucre, quien perdió la vida en ¡Desvaríos, desvaríos! Ojalá y usted me estuviera
un atentado el 4 de junio de 1830, en la montaña en los suyos”, cierran las líneas.
de Berruecos, en Colombia. Cuando se enteró de
la muerte de su entrañable amigo, dijo: “Ha muerto Entrada triunfal
el Abel de Colombia”. El amor y las mujeres que Así como la historia lo celebra, las generaciones
quiso también fueron fundamentales en la vida de
este hombre. Nadie amó a Manuela Saenz, la Co- lo aplauden. Hasta su último día de vida abrazó
ronela, como él. Fue un amor mutuo, tórrido, corres- el sueño de la integración de las naciones que li-
pondido hasta el final de sus días. En una carta le bertó. Creyó, peleó y luchó por ver a Colombia y
escribe: “Manuela mía. Mi más profunda pasión y Venezuela convertidas en lo que denominó la Gran
mi total fidelidad serán muestra de la entrega a la Colombia.
mujer única que adoro con todo mi corazón”.
A propósito de este tema, la revista Memorias de
En la misma correspondencia, en el párrafo de Venezuela narra que a finales de 1826, El Liberta-
cierre le dice: “Yo no deseo más que estar en tus dor regresó a Venezuela desde Perú con la inten-
brazos. Mis pensamientos se iluminan con tu her- ción de resolver los conflictos y divergencias que
mosura, que traspasa los horizontes para venir a mi se revelaron en ese confuso movimiento llamado La
encuentro, y tal suceso hace que mi corazón se incli- Cosiata.
ne a tomar una decisión muy firme: no me separaré
más de mi Manuela.” Llegó a Maracaibo por la costa e inmediatamente
lanzó una proclama para evitar la guerra fraticida
Manuelita, en sus tantas cartas escritas le dice: y anunció la realización de la Gran Convención
“General Simón Bolívar. Muy señor mío: dice usted Nacional. De ahí pasó a Coro con la intención de
que sabe y conoce cómo es mi amor hacia usted. ir hasta Puerto Cabello. Decretó la amnistía general
Sin embargo, le escribo a usted, ésta y le nombro de los rebeldes y le restituyó la autoridad civil y mili-
siempre. Así soy yo, que sí me entusiasmo por usted tar a José Antonio Páez.
sólo con nombrarlo. No tengo otro aliciente, ¡No!
Porque ni siquiera usted me contesta. ¿Tanto le cues- El 10 de enero de 1827 fue un día memorable
ta hacerlo? ¿Será porque ya no soy la dueña de sus porque fue su entrada triunfal a Caracas con Páez.
sueños? Dígamelo usted sin ambages, que yo de El mismo texto consultado dice que durante todo el
frágil no tengo nada. trayecto, ambos, estuvieron acompañados por la
música y el júbilo de una apretujada y emocionada
multitud. En la ciudad se respiraba una atmósfera de
triunfo. Las calles habían sido limpiadas, las venta-
nas y los balcones de las casas estaban adornados
con arcos de flores, guirnaldas, banderas de colo-
res y festones.

En el “Retrato de un Memorable Regreso”, texto
publicado en la revista “Memorias de Venezuela”,
se describe ese día de la siguiente manera: Las ven-
tanas, balcones y plataformas temporales estaban
repletos de damas en sus más alegres y ricas ropas,
lanzándole flores de todas las clases, y no fueron
pocas las botellas de agua de rosas que se vacia-
ron sobre los héroes y los dormanes de sus dorados
uniformes. Indica la publicación que ese día hacía
calor, “propios de las calles estrechas atestadas de
personas que iban desde el negro hasta lo que se
llama blanco aquí. Fue, sin embargo, un pequeño

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